Juan Perro (¡Menuda nochecita!)

El escenario está a oscuras. Se adivinan un par de sillas, micros y botellas de agua. Alguien se acerca con una guitarra y la deja en su sitio con mucho cuidado. El público observa, expectante y en silencio. Vuelve adentro, presumiblemente a por una segunda guitarra, y al cabo se escucha un “tlonk” delatador del choque de un instrumento. El público susurra un “oh” y espera. Y entonces se oye un amable y divertido “Anda, tira p’alante” de Santiago y así, entre risas y aplausos, salen a escena los artistas de la noche.

image

Santiago Auserón y Joan Vinyals, acompañados nada más que por esas dos guitarras y sus voces. Así de crudos y desnudos están pensados los conciertos de esta gira denominada “Casa en el aire“. Conciertos muy valientes en los que es imposible esconder nada ni disimular errores. O tienes para dar o estás bien jodido. Y dar, dieron, vaya que sí.

Lo primero que hizo Santiago antes de empezar a tocar fue pedirnos perdón por la tardanza, pero había tenido que volver atrás a por su “trapito verde”, dijo, ya que sin su trapito verde no era nadie. Jamás imaginé que algún día yo desearía ser un trapito verde. (Lo sé, lo sé, pero tenía que escribirlo…)

Vaya por delante que Joan Vinyals es un músico excelente, y que disfrutamos un rato largo con su guitarra. Pero es inevitable hablar de Santiago una y otra vez en este cuento, porque lo llena todo.

Fueron dos horas de complicidad, canciones, música e historias. Fue como un concierto privado en el salón de casa con un grupo de amigos. Artistas cercanos y un público devoto, conscientes del lujo en el que estábamos inmersos, casi sin poder dar crédito a lo que estaba pasando.

Me encantaría acordarme de todo cuanto sonó, pero no tengo esa clase de memoria. Fueron canciones más que nada de su último trabajo, “Río Negro”, y también unas cuantas canciones nuevas, recién paridas, que “llegan desnudas porque acaban de nacer, no esperareis que vengan ya vestidas”, nos dijo Santiago. Sí recuerdo que la segunda canción que tocaron fue una de estas nuevas, “José Rasca”, o lo que es lo mismo Joe Strummer, una de las muchas historias que nos contó (podéis leer esto, si os interesa el tema).

El otro día pensé (y compartí en twitter) que Santiago Auserón es una constelación que ni siquiera va de estrella. Y es verdad, es más que una estrella, es más que un músico, y es más que un poeta. Es también un showman de los pies a la cabeza, un espectáculo natural, eso sí, sin poses ni artificios. Supongo que si sabes de música hay una forma más elegante de contar esto, pero tendré que decirlo como me sale. A veces cuando canta, marca notas que casi parece que esté desafinando, pero si le sigues esa nota hasta el final te das cuenta de que no, no desafinaba, sólo estaba yendo a un sitio al que tú ni imaginabas que se pudiera llegar.

También nos cuenta, y te llena de admiración, que a partir de ver una señal en una carretera española a un “Río Negro” o de una tarde lluviosa en la habitación de un hotel, surjan canciones como “Río Negro” y “Pies en el barro”. Ah, y que “Obstinado en mi error” en italiano se dice “obstinato in il mio errore”. Para que lo sepáis, nos dice…

No soy persona de emocionarse en los conciertos, pero en este no pude evitar que me bailaran lágrimas en los ojos en muchas ocasiones, mientras pensaba si era verdad o lo estaba soñando. Hubo un momento en que Santiago dejó su guitarra y se levantó, diciendo “Voy a dar un paseíto por aquí…”, y micrófono en mano nos cantó “No más lágrimas”, acercándose al borde del escenario. El cable del micrófono no le daba más rienda pero a sólo dos metros le teníamos, y viendo que no lo necesitaba lo dejó, y de viva voz nos siguió cantando mientras nosotros le hacíamos los coros, susurrando. Fue mágico, jamás había vivido algo así.

Cuando para el bis nos cantaba “Paseo con la negra flor” (el único guiño a Radio Futura) y a las cuatro frases se giró hacia atrás, levantó la vista al “cielo” y saludó a Enrique, ahí ya dejé que me cayeran las lágrimas.

Después y como introducción a “El forastero” nos cuenta otra historia fantástica sobre una visita a Nápoles y tras cantar tan sólo las primeras palabras Santiago se detiene con un “Perdonadme, voy a afinar la guitarra porque esto está hecho un asco… ¿Me disculpa usted, maestro?”, le dice a Joan, y así nos entretiene un par de minutos hasta que la guitarra está a su gusto y con un “Ahora sí… ¿os acordáis de toda la introducción?” y entre risas nos devuelve a la canción.

Y ya digo, tras casi dos horas no hubo más remedio que dejar que se marcharan. Eso sí, como todavía se nos hacía poco hicimos de fans fatales, y tras permitirse un rato de intimidad tuvieron la ENORME amabilidad y gentileza de recibirnos, besos, firmas, fotos, risas y buen rollo. Impagable.

Que le adoro es evidente, ¿no? Menuda nochecita…

image