That’s life

Este año, los últimos 11 meses, han sido los más espantosos de mi vida. Ya sé que esa frase resulta un conjunto de palabras enorme, pero no encuentro mejor combinación para expresarlo. A veces no queda más remedio que escupir esas palabras. No lo he vivido tan mal antes con nada, ni siquiera cuando me diagnosticaron EM, por ejemplo. Incluso ahí había un objetivo, una situación a superar, había una luz al final del túnel, por muy lejos que estuviera. En aquella época buscaba en google “milagros”, hoy busco “cómo reprimir las lágrimas”. Ahora la sensación es de inutilidad, de impotencia, de derrota, y a la misma vez de invisibilidad, porque objetivamente parece que todo me va más o menos “bien” y cada vez que abro la boca resulta que todo el mundo a mi alrededor tiene un motivo para estarlo pasando peor que yo.

Sin embargo yo un día me levanté y todo aquello que creía haber estado haciendo los últimos cinco, seis, diez años de mi vida, lo que pensaba que yo era, había armado y dejado ahí, todo eso se esfumó. Es como si de repente a mi realidad se le hubiera caído la careta y ya no reconozco nada. No sé quién es la gente que está a mi alrededor, no sé quién soy yo para esta gente, no sé dónde he estado, dónde estoy ni a dónde voy. No sé quién soy.

Pero un día de estos veré el jodido túnel. Y al final del túnel, veré esa luz. Empezaré a entenderlo todo y podré escribir sobre lo que he aprendido, lo que he descubierto, lo que he sacado en claro de esta situación. Un día de estos, sí. De eso estoy segura.

(No comments – RnR)

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Rowland S. Howard

Acabo de descubrir a este músico y estoy totalmente obsesionada con él. Hacía tiempo que no me emocionaba así con nada. Ya sabes, cuando te dan escalofríos, se te saltan las lágrimas y tienes ganas de aullar escuchando un disco.

When I find a record I love – it’s great. Do you know what that’s like? Do you remember that feeling? Nothing else matters, you just play the record and you feel happy or sad or both while that record is playing. That’s what I wanted to do with Pop Crimes; I wanted to make a record that I think is great; and hopefully people that listen to it will think so too. (Rowland S. Howard – Fuente: stuff.co.nz)

Rowland S. Howard (1959-2009) firmó su primer éxito con 16 años, “Shivers” (The Young Charlatans). Décadas después seguía tocando esa canción, aunque reconocía que a esas alturas era como tocar una versión de un tema de otro artista. Entra esa canción y su último disco hay múltiples bandas y variopintos proyectos (entre su natal Melbourne, Londres, Berlín o Nueva Orleans) que no me voy a entretener en nombrar porque ni siquiera he podido hacerme con todo aún. Me voy a limitar a recomendar sus discos con These Immortal Souls y sus dos trabajos en solitario.

rsh

Disponibles en Spotify:
Get Lost (Don’t Lie!) – 1987
I’m never gonna die again – 1992
Teenage Snuff Film – 1999
Pop Crimes – 2009

Empecé a escucharle por el final, “Pop Crimes”, un disco cuya crudeza entendí mucho mejor cuando descubrí que se grabó en un mes, en el que Rowland estaba arañando sus últimos días de vida. Me enganchó y decidí probar su anterior disco, “Teenage Snuff Film”.

Ya desde el primer tema “Dead Radio” me atrapó de una forma brutal. Su estilo, su sonido, sus letras, son tremendamente personales. Su guitarra hace daño. Para cuando llegué a la tercera canción, “She Cried”, ya estaba completamente vencida, enamorada. Ya sé que es una tontería pero me parece casi como un guiño, una broma entre él y yo, que en esa canción cante “I know that our romance was over and done, but to her it had just begun” porque es como una fotografía: él ya se ha ido y yo sin embargo no he hecho más que empezar. Y hasta “Sleep Alone“, menudo viaje de disco.

Rowland S. Howard: el ascenso más fulgurante al olimpo de mis dioses que puedo recordar. No entiendo cómo se me había pasado este por alto. Si con esto se lo descubro a alguien más, espero ganarme su perdón.

Más info:

Nostalgias imaginadas

A veces echo de menos sitios en los que nunca he estado, casas en las que nunca he vivido, dormitorios en los que nunca he dormido, personas a las que nunca he conocido, vidas que no son la mía. Cosas sencillas todas ellas, nada lujoso ni extravagante.

Es una sensación que me invade a veces y me resulta desconcertante.

De la playa y el tacto

Recientemente una compañera de trabajo me consultó sobre si, para diagnosticarme esclerosis múltiple, me habían hecho una punción lumbar y cuánto me había durado el dolor de cabeza posterior. Tiene una amiga que estaba pasando por las pruebas de diagnóstico y estaba preocupada. Entre otras cosas me dijo: “Me dice que no puede caminar con sandalias” y me aterrizó encima esa sensación. Le dije que los síntomas podían deberse a muchas cosas, que esperase el diagnóstico, pero “eso que me cuentas me suena terriblemente familiar”.

Una de las cosas que más me ha sorprendido descubrir desde que tengo EM es hasta qué punto nos basamos en el sentido del tacto para mantener el equilibrio. Cuando tus pies están dormidos, saber dónde pisas y con qué fuerza resulta complicado. No sientes bien tus zapatos y necesitas que vayan pegados a ti. Resulta complicadísimo conducirte con unas chancletas.

Esta introducción es un homenaje a todas y cada una de las veces en las que la gente que me quiere mete el dedo en la llaga una y otra vez y me recomienda que vaya a la playa.

Sonrío. No, en serio, estoy sonriendo.

Es algo que uno tiene que aprender a aceptar. Que por más que uno se explique e intente que lo entiendan, no lo pueden entender, y por más que lo repita, una y otra vez, y otra vez, y otra vez, siempre me instan a que vaya a la playa. Porque ellas aún la disfrutan.

Voy a confesarles algo: no se me ha olvidado del todo lo que yo solía disfrutar en la playa. (He vivido siempre a 3 minutos de la playa. Crecí allí. Me pasaba allí día y noche). Pero lamentablemente ya no recuerdo la sensación de pisar descalza la arena tibia. A veces me da pena y lo echo de menos. Tengo un día de bajón, paseo por la avenida y veo a alguien caminando por la arena, obviamente disfrutando mientras hunden los pies en ella, y me echo a llorar. Me ha pasado algunas veces.

No consigo que la gente que me quiere entienda que gran parte de lo que disfrutan en la playa es sensual.

sensual.
(Del lat. sensuālis).
1. adj. Perteneciente o relativo a las sensaciones de los sentidos.
2. adj. Se dice de los gustos y deleites de los sentidos, de las cosas que los incitan o satisfacen y de las personas aficionadas a ellos.

Los sentidos necesitan del sistema nervioso, y el mío está jodido. Y no es fácil entenderlo si no se tiene el sistema nervioso jodido. Es algo que hay que experimentar.

Mi sensación normal de todos los días en los pies, los días buenos, la sensación mínima, es la de estar caminando con papel adhesivo pegado a la planta del pie. La arena de la playa es como pisar arroz. Caminar sobre suelo plano ya es complicado pero ¿sobre la arena? Buff. Cambiar de dirección para evitar a la gente que se aproxima, corre, juega, salta… Es muy fácil caerse, torcerse el tobillo. Tengo que tener cuidado con el agua porque cuando me pilla de primeras, la sensación de frío me da espasmos en las piernas, se sacuden, y no las controlo. Tengo señales por el cuerpo, de las inyecciones que me pongo y soy ligeramente foto-sensible. Ahora mismo mi límite de caminar sin parar está en aproximadamente media hora, días más, días menos. El límite no avisa; un día sin comerlo ni beberlo a los diez minutos se me acaban las pilas y hacer el camino de vuelta a casa se convierte en tarea complicada. Para descansar allí necesitaría una buena silla. Y una sombrilla. Cosas que no puedo cargar. Podría seguir pero no les quiero aburrir más y no quiero hablar de cosas más íntimas.

Cuando me diagnosticaron me prometí que me concentraría siempre en disfrutar de las cosas que puedo disfrutar, y olvidaría las que no. A veces me distraigo, pero vuelvo a ello en cuanto puedo. Para mí la playa es estresante. Yo me reto y lucho todos los días por ir más allá de mis limitaciones, que son muy pocas, pero para disfrutar quiero eso, disfrutar. Relajarme. No quiero más carreras de obstáculos. Y cuando estoy jodida, me resulta dolorosa esa arrogancia (así la siento) que demuestran los cuerpos sanos insistiendo en que vaya a disfrutar de algo que ya no está a mi alcance. El resto del tiempo simplemente me sonrío y digo “Y dale… Dale con el temita de la playa…”. Y no importa si lo siguen haciendo en el futuro, yo haré mi parte. Solo quiero que, con suerte, lean esto y sepan lo que hacen cuando lo hacen.

Probablemente este texto se beneficiaría de una revisión y de que me lo pensara por millonésima vez, pero si no lo dejo salir ahora igual no lo hago nunca.

A la medida

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Continúo con la lectura de “How to be a woman (Cómo ser una mujer)” de Caitlin Moran en el Norma Jean Book Club y llego al capítulo “I Get Into Fashion”, en el que habla de la moda en general y de cómo nos afecta a las mujeres. De su cuento (y digo “su cuento” porque todo lo que escribe está realmente teñido de su muy particular punto de vista y experiencia, y no lo veo especialmente extrapolable al tipo de mujer que yo tengo a mi alrededor) hay puntos con los que estoy más de acuerdo que con otros.

Pero esta anécdota en concreto me ha recordado muchas cosas. Habla de una sesión de fotos para un especial de moda en el periódico The Times.

Previously, I’d always thought that all that lay between me and looking like Kate Winslet on the red carpet was £10.000’s worth of clothes, hair, make-up, stylist and good photographer.

Uno podría pensar que de ahí pasaríamos directamente a barrerlo todo con el Photoshop pero no, hay un paso intermedio.

That was just the frames, though: the one position it worked in. It took up 20 minutes, half an hour, an hour to find that one position the outfits looked good in. The rest of the time, it was dealing with the camel-toe here, the upper-arm fat there, the muffin-top bulge the other. The clothes were stretched, pegged, tied on with string – the lighting changed, the hair arranged; hats brought in in an emergency, to balance cruelly proportioned shoulders.

No es suficiente con llevar las mejores ropas, los mejores peinados y maquillajes, coordinado todo por los mejores estilistas y fotógrafos, y con la iluminación perfecta. No basta. Luego hay que sacar cientos de fotografías para obtener las cuatro en que todo parece perfecto. Bueno, casi perfecto, listo para el retoque final con el Photoshop.

El tema de la ropa y de cómo nos sienta, la frustración que se puede llegar a sentir en los probadores de ropa, la cantidad de tiempo y energía que se pierde (y cuando tienes esclerosis múltiple ya ni te cuento), me ha traído a la memoria esta entrada que leí hace tiempo en Tumblr  sobre por qué la ropa le sienta tan bien a “los famosos” (ver punto 3; ver foto 5), no solo en las revistas de moda sino también cuando aparentemente van por la calle con cualquier trapo de andar por casa. Está todo ajustado a sus medidas, y no al revés. Es algo que deberíamos recordar siempre e intentar, en la medida de lo posible, incorporar a nuestras vidas.

P.D. Para ilustrar este punto intento buscar con Google un artículo que leí una vez sobre esas prendas de “casual wear” que llevan algunos famosos, que luego ni son tan casual, ni tan baratas, ni tan improvisadas. Pero no lo he podido encontrar. Google cree que debo estar equivocada.

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P.P.D.  Ay, qué mona y qué cómoda iba yo siempre cuando era mi madre la que me hacía la ropa. ¡Maldita adolescencia!

Casiano de Imola

El martirio de San Casiano de Imola (Innocenzo Francucci)

A través de la recomendable Futility Closet me entero de la historia de Casiano de Imola, santo y mártir, que se celebra hoy 13 de agosto. Casiano era un profesor que se negó a aceptar a los dioses romanos, y en consecuencia el emperador de la época lo condenó a muerte.

Lo condenó a morir a manos de sus propios alumnos, nada menos. Según las páginas católicas, los estudiantes le tenían ojeriza por su “disciplina”. La Wikipedia habla directamente de que “estaban hambrientos de venganza por los muchos castigos a los que les había sometido”.

Lo ataron a una estaca y lo torturaron hasta la muerte con sus lápices y puntas de hierro, que usaban en la época para grabar una rudimentaria taquigrafía sobre cera o madera.

Edificante historia, ¿eh?