Mind Fuck Monday

Hoy ha sido un día extraño, como tantos últimamente.

Hoy me he vuelto a tropezar con un hombre al que invité un día a una palmera de chocolate. Resulta que me lo encontré, aquella vez, en una calle peatonal bien céntrica y me empezó a seguir y a hablar, diciendo lo típico, que la gente no hace caso, que nadie se para, y que necesitaba comer algo dulce, una palmera de chocolate, porque estaba con la metadona y se estaba desmayando. Y como lo único que pedía era algo de comer pues le dije que sí, que le compraría una palmera. En realidad le dejé elegir el dulce que prefiriese, y luego le dejé quedarse con el cambio de cinco euros. Tremenda generosidad la mía. Me contó lo que hacía para buscarse la vida, vendía unos adornos que hacía con latas, y les ponía mensajes, en inglés y en español. Me contó que la policía le había requisado el bolígrafo BIC, como si fuera un arma. Todo esto me lo contó de una manera muy dulce, sin rabia ni tristeza. Me pareció una persona encantadora, educada. Cuando comprobé que realmente iba a comer algo, me despedí y le dejé allí. Él me alcanzó luego, y me dijo “Gracias. Te debo una lata, pero no darte la lata”, y se marchó.

Hoy me lo he vuelto a encontrar. Se acercó a contarme su historia de nuevo, a pedirme dinero. Reconocí su voz inmediatamente pero cuando le miré, me costó creer que fuera la misma persona. Parecía tener 20 años más, estaba desaliñado y llevaba una gasa taponando una de sus fosas nasales. Me dolió. Y no le escuché.

Y no se me quita de la cabeza.

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