Salute! Live long and prosper

Como ya conté una vez por aquí, pasé toda mi educación básica (aquella EGB) en un colegio de monjas exclusivamente femenino. Los dos primeros años, cuando yo tenía 6 y 7, asistía a un centro que estaba en Teror, un pueblo a poco más de 20 km. de la capital y mi residencia. Ya sé que 20 km. suenan a poco pero aquí son muchos (dato: la isla tiene un diámetro aproximado de 50 km.), sobre todo porque nuestra orografía hace que las carreteras no sean muy cómodas. Hay que atravesar muchos barrancos y dar muchas vueltas.

Pero a mí me encantaba. Cada día era una aventura, y el colegio en el campo era una delicia. Las monjas nos dejaban ser niñas: nos dejaban jugar al aire libre en medio de los animales y los bichos, nos dejaban comer hierba y ensuciar los zapatos. Cuando empecé a ir al colegio que tenían en la capital, al tercer día me castigaron por estar jugando en un charco, mojando los zapatos. Reality check.

Así que todos los días hacía el viaje de ida y vuelta hasta Teror en el bus escolar, y lo hacía “sola” porque no había niñas de mi edad en mi ruta. Esto tampoco me importaba. Toda la vida he soñado despierta y hablado sola. Me entretenía la carretera, el paisaje, y escuchar las conversaciones de las mayores.

Las mayores normalmente intentaban tenerme paciencia. A veces me alejaban de la conversación sin muchos miramientos (como el día que pillé a unas hablando de las hebras del plátano, un asunto que no comprendí hasta muchos años después), y a veces mataban dos pájaros de un tiro: me entretenían con alguna tontería y además hacían risas a mi costa.

Un día las pillé, en el asiento detrás del mío, haciendo el famoso saludo vulcano de Spock en Star Trek. Me puse muy decidida a ensayarlo y cuando conseguí que me saliera, me di la vuelta muy contenta y les dije: “Mira, mira, ¡yo también lo puedo hacer!”. Me miraron como si acabara de salir de un agujero y una de ellas me dijo: “Guay, ¡qué pasada! ¡A ver si ahora eres capaz de llegar así hasta el colegio!”. Y dicho y hecho, yo no me amilano ante un reto, ni con 6 años. Me di la vuelta muy decidida, y sentadita en mi asiento fui hasta el colegio con las dos manos haciendo el saludo.

Cuando llegamos al cole les dije: “¡Mira, mira, lo he hecho!”. Todavía se estarán riendo las muy guarras…

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