Sillería (Interludio)

A mi profesor de lengua del tercer año de bachillerato también le recuerdo.

Ese año conocí a una de mis mejores amigas. Yo la adoraba porque ella me adoraba a mí y me hacía reír a carcajadas con una facilidad pasmosa. Muchas de esas carcajadas me las provocaba en plena clase (como cuando en clase de biología, al explicar la profesora lo de las flores apétalas, me dijo “Jo, si la apeta la escacha“… Faltó nada para que me echaran de clase…) y claro, los profesores la consideraban “una mala influencia” para mí. De hecho se lo dijeron a mi madre durante una tutoría. Mi madre pensó que lo de “mala influencia” era por temas tipo alcohol y drogas y llegó a casa asustada. Cuando le expliqué lo que pasaba me llevé la charla igual, pero se quedó más tranquila.

Un día en clase de lengua estábamos las dos sentadas al fondo de la clase, y yo estaba perdida en mi mundo interior. Eso no era culpa de ella, mi madre llevaba oyendo lo de “su hija es muy buena, pero se distrae mucho” desde el parvulario. Mientras yo estaba quién sabe dónde, el profesor iba dando una charla sobre la pobreza de nuestro vocabulario y nuestra estupidez patológica. Así, dijo: “Seguro que si pregunto que es la sillería, algún idiota me contestaría que es un conjunto de sillas“. (Nota: Supongo que lo aplicaría al contexto de nuestra lectura ese día porque sí que es un conjunto de sillas, según la RAE).

Silleria-rae

¡A ver, usted, la del fondo!”, dijo entonces alzando la voz y alcanzando así mi consciencia. “¿Qué es una sillería?“. Ni puta idea, pensé. Mi amiga, entre risas y por lo bajo me dijo: “Un conjunto de sillas…” en lo que para ella era un evidente gesto de sarcasmo ante lo que el profesor acababa de decir. Ni ella era consciente de que yo no me había enterado de nada, ni yo de que lo decía de broma, así que pensé que me soplaba la respuesta correcta, y con toda naturalidad y confianza en mí misma, repondí: “Un conjunto de sillas“.

La carcajada generalizada que estalló en la clase fue brutal. Yo, de un color rosa pálido, miraba a todos intentándo comprender qué coño pasaba. Mi amiga, de un rojo más vivo, intentaba recuperar el aliento mientras se reía, a ratos con la cabeza reposando sobre su mesa. Y el profesor, de un color morado intenso tirando a violeta, me dedicó una retahíla de insultos finos de esos que te suelta la gente de letras, entre los que recuerdo con mucho cariño que me llamó “débil mental“.

Ese trimestre me suspendió, y cuando fui a preguntarle porqué (mi examen no estaba tan mal, fue simplemente por venganza) me miró a los ojos y tras un silencio incómodo me dijo: “¿Y todavía me lo pregunta?“.

 

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